Eva y Adán

Duración: 2 horas Valor: €9
Florencia Abadi · mayo 31, 2022

Eva y Adán: la vergüenza original

¿Qué nos brindan los mitos y la filosofía para comprender en profundidad nuestra experiencia humana y nuestras relaciones? Únete a Florencia Abadi en el Ciclo de Mitología y Filosofía en el que, mes a mes, se apoyará en un mito para reflexionar sobre las relaciones, el amor, el erotismo y el deseo.

Eva y Adán: la vergüenza original

Adán y Eva transgreden la prohibición divina y prueban del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Esa culpa originaria puede recibir sin embargo ciertos atenuantes. No solo es Dios mismo quien coloca el árbol prohibido en el exacto centro del Edén, sino que su señalamiento preciso más la prohibición parecen contener velada una cierta instigación. No hace falta ser Dios para conocer los efectos de una prohibición. ¿Cuál es el sentido detrás del relato más célebre del Génesis? En primer lugar, cabe indicar que la culpa originaria no es otra que la vergüenza, que procede de la pulsión escópica, que ahora inviste el mundo: “y se abrieron los ojos de ambos, y supieron que desnudos estaban”. Ver, estrictamente hablando, supone desgarrar velos, desnudar con la mirada, profanar. Ellos se dan cuenta de su indefensión en la misma medida en que los ojos despliegan su poder indagador y curioso. Si los ojos miran de ese modo, entonces hay que ocultarse, taparse, protegerse. Adán y Eva se esconden al sentir la presencia de Dios y ese gesto los delata: “¿Dónde estás tú? Y él respondió: oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. Y le dijo: ¿quién te enseñó que estabas desnudo?, ¿has comido del árbol que yo te mandé no comieses?”. El temor responde a la desnudez, y no al castigo. El pecado no está en los genitales que se cubren con las hojas de higuera, sino más bien en los ojos, que se han vuelto “ojos perversos” (San Agustín), ojos conscientes, ojos conocedores. 

Pero una vez que Adán y Eva deben dar explicaciones por la transgresión –y quizás ese sea el mayor castigo que heredamos– comienza la cadena de culpas, las mediaciones con las que se construye la primera proyección de las causas hacia fuera que llevó a cabo la humanidad: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”, y Eva: “la serpiente me engañó, y comí”. Evidentemente, no alcanzaba con la prohibición para que ellos comieran del fruto, era necesaria una nueva intervención instigadora. El motivo es la paradoja misma del paraíso: al momento de comer el fruto, Eva aún no era curiosa, tenía los ojos cerrados. Dios tiene que cumplir el papel de la ley y el de la transgresión, las criaturas aún no poseen el principio del movimiento que es la curiosidad, transgresora de límites por definición. Hacerle una curiosidad al animal hombre, ese fue el primer desafío de Dios para cumplir el pasaje del mito a la historia. Requirió, sin duda, una astucia serpentina, un rodeo. Rodeo de cada ser humano: todos nacemos, como Adán y Eva, con los ojos cerrados. Necesitamos de velos para vivir, y vivir es desgarrarlos. Gracias a Dios salimos del paraíso. 

Florencia Abadi

Es Dra. en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Investigadora Adjunta del CONICET y docente de Estética (Departamentos de Filosofía y de Artes, UBA). Ha publicado los libros Conocimiento y redención en la filosofía de Walter Benjamin (Miño y Dávila, 2014), El sacrificio de Narciso (Hecho atómico ediciones, 2018; Punto de vista, 2020; traducido al italiano en 2022 por Mama edizioni), Mímesis y terror (Bulk-Perambulante, 2019) y artículos sobre temas de estética y filosofía contemporánea. También publicó los libros de poesía Malauz (Persé, 2001), Otro jardín (Bajo la luna, 2009) y Corinne (Alción, 2014).

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